Vengo repitiendo que lo urgente no es predecir el futuro de la Monarquía, ni el final del , sino adelantar la instauración de las instituciones de la representativa de la sociedad, y que esas instituciones, con inteligencia objetivada, encaucen los nacionalismos por vías de realización local y de integración española, sin necesidad de represión.

Por esas razones no aventuré el juicio político en una utopía al vaticinar, en mi artículo “Procesión de Paz”, que “el fin del terror lo logrará la creación de inteligentes instituciones democráticas que, sin regresión ni encapuchados, compensen las tendencias a la separación”.

La expresión sintética ”instituciones inteligentes” la incorporé a mi acervo cultural, cuando acudí al concepto de “astucia de la razón”, de Hegel, para corregir la errónea creencia de Tocqueville -matizada en las notas a pie de página de la edición crítica de “La Democracia en América” (Aguilar, 1989)- de que el éxito de la era debido a su adecuación a la igualdad de condiciones sociales, que caracterizaba a la de su tiempo, y que él identificó con la democracia, sin percibir la diferencia entre y material.

La Monarquía ha engendrado una dinámica nacionalista que no puede detener, salvo con un retorno a la represión de personas e ideas nacionalistas, como en la dictadura. Ese es el único método que puede concebir la falta de imaginación del . Y el , desconociendo la naturaleza insatisfecha de todo nacionalismo, recurre a una temeraria estrategia sentimental, que mezcla tácticas oportunistas de alianzas gubernamentales con las ambiciones nacionalistas, y negociaciones directas con los agentes del terror separatista, basadas éstas en la demagógica promesa de que los vascos, ellos solos, decidirán libremente su futuro. Esta falta de inteligencia, continuadora de la acomplejada debilidad de Suárez, lleva irremisiblemente al crecimiento de los nacionalismos y al fracaso de toda procesión de paz con el terror.

No puedo resumir aquí lo esencial de todo lo que he publicado sobre cuales son las instituciones inteligentes de la democracia, que tipo de equilibrio dinámico las conjuga y qué funciones inconscientes incorpora a ellas la astucia de la razón, para que el egoísmo de las ambiciones de poder, aunque no lo sepa ni lo quiera, realice inevitablemente la nobleza y la eficacia de la acción política.

Sólo recordaré que el Gobierno democrático resulta del equilibrio de dos instituciones separadas: la presidencialista, para el ejercicio del , y la parlamentaria de una sola Cámara, para legislar y controlar al gobierno. Pues lo que ahora nos interesa saber es la repercusión que este sistema tendría en los territorios con régimen autonómico, y particularmente en aquellos que viven la tensión nacionalista o independentista.

Si vascos, catalanes y gallegos tuvieran que elegir por sufragio directo, junto con los demás españoles, al Presidente de la República, se formaría en ellos, a través de esta fuerte institución unitaria, un espíritu de solidaridad con el resto de España. He repetido muchas veces que el estadounidense no fue causa sino consecuencia del Presidencialismo.

Por otra parte, los nacionalismos periféricos tendrían, en esa hipótesis, cauces de mayor representatividad que los actuales, para estar en el Parlamento nacional, con representantes de las mónadas republicanas donde hubiese obtenido la mayoría, por el sistema de elecciones uninominales, y para integrarse en el sistema de gobierno parlamentario de su territorio.

La astucia de la razón produciría un doble equilibrio. Por un lado, entre un ejecutivo presidencialista y un legislativo parlamentario, Y por otro lado, entre el gobierno presidencialista de la nación y los gobiernos parlamentarios de las Autonomías. La fórmula que sintetiza el equilibrio de la forma de gobierno de la seria, pues, presidencialismo puro en el centro y parlamentarismo puro en la periferia.

Puede ver un pequeño resumen de la biografía de D. Antonio García-Trevijano en este enlace.
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